—¡Quién sabe...! Y ahora como es ya algo mío, parte de mi ser, me he dado tan poco cuenta de eso que dicen de que se ha desfigurado y afeado, como no se da uno cuenta de que se desfigure, se envejece y se afea.
—Pero ¿crees de veras que uno no se da cuenta de que se envejece y afea?
—No, aunque lo diga. Si la cosa es continua y lenta. Ahora, si de repente le ocurre a uno algo... Pero eso de que se sienta uno envejecer, ¡quia!; lo que siente uno es que envejecen las cosas en derredor de él o que rejuvenecen. Y eso es lo único que siento ahora al tener un hijo. Porque ya sabes lo que suelen decir los padres señalando a sus hijos: «¡Estos, éstos son los que nos hacen viejos!» Ver crecer al hijo es lo más dulce y lo más terrible creo. No te cases, pues, Augusto, no te cases, si quieres gozar de la ilusión de una juventud eterna.
—Y ¿qué voy a hacer si no me caso? ¿en qué voy a pasar el tiempo?
—Dedícate a filósofo.
—Y ¿no es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de filosofía?
—¡No, hombre, no! Pues ¿no has visto cuántos y cuán grandes filósofos ha habido solteros? Que ahora recuerde, aparte de los que han sido frailes, tienes a Descartes, a Pascal, a Spinoza, a Kant...
—¡No me hables de los filósofos solteros!
—Y de Sócrates, ¿no recuerdas cómo despachó de su lado a su mujer Jantipa, el día en que había de morirse, para que no le perturbase?
—No me hables tampoco de eso. No me resuelvo a creer sino que eso que nos cuenta Platón no es sino una novela...