—O una nivola...
—Como quieras.
Y rompiendo bruscamente la voluptuosidad de la conversación se salió.
En la calle acercósele un mendigo diciéndole: «¡Una limosna, por Dios, señorito, que tengo siete hijos...!» «¡No haberlos hecho!»—le contestó malhumorado Augusto. «Ya quisiera yo haberle visto a usted en mi caso—replicó el mendigo, añadiendo: y ¿qué quiere usted que hagamos los pobres si no hacemos hijos... para los ricos?» «Tienes razón—replicó Augusto—, y por filósofo, ¡ahí va, toma!», y le dio una peseta, que el buen hombre se fué al punto a gastar a la taberna próxima.
XXIII
El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase, como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales.
—¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le decía una vez a su criada.
Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible, verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello me voy enamorando... hasta de Liduvina! ¡Pobre Domingo! Sin duda. Ella, a pesar de sus cincuenta años, aún está de buen ver, y sobre todo bien metida en carnes; y cuando alguna vez sale de la cocina con los brazos remangados y tan redondos... ¡vamos, que esto es una locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»
«Ven acá, Orfeo—prosiguió, cojiendo al perro—, ¿qué crees tú que debo yo hacer? ¿Cómo voy a defenderme de esto hasta, que al fin me decida y me case? ¡Ah, ya! ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirtamos a la mujer, que así se me persigue, en materia de estudio. ¿Qué te parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré dos monografías, pues ahora se lleva mucho las monografías; una se titulará: Eugenia y la otra: Rosario, añadiendo: estudio de mujer. ¿Qué te parece de mi idea, Orfeo?»