—No, pero me lo figuro.
—¿Por qué?
—Por lo que está usted diciendo.
—Bueno, llama ahora a Domingo.
—¿Para qué?
—Para saber si estoy también todavía soñando o no, y si tú eres de verdad Liduvina, su mujer, o si...
—¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay otra cosa mejor.
—¿Cuál?
—Que venga Orfeo.
—Tienes razón; ¡ése no sueña!