—Que no bromee, ¿eh? Pues bromearé. Para estas ocasiones se ha hecho la burla.
—Es que eso es corrosivo.
—Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia. Quisiste hacerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti mismo rana.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Experimenta en ti mismo.
—Sí, que me suicide.
—No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no la mejor.
—Entonces, que les busque y les mate.
—Matar por matar es un desatino. A lo sumo para librarse del odio, que no hace sino corromper al alma. Porque más de un rencoroso se curó del rencor y sintió piedad, y hasta amor a su víctima, una vez que satisfizo su odio en ella. El acto malo libera del mal sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.
—Y ¿qué voy a hacer?