—Liduvina, tráeme queso y pastas... y fruta...
—Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer daño!
—¿Pues no decías que el que come vive?
—Sí, pero no así, como está usted comiendo ahora... Y ya sabe mi señorito aquello de «más mató la cena, que sanó Avicena».
—A mí no puede matarme la cena.
—¿Por qué?
—Porque no vivo, no existo, ya te lo he dicho.
Liduvina fué a llamar a su marido, a quien dijo:
—Domingo, me parece que el señorito se ha vuelto loco... Dice unas cosas muy raras... cosas de libros... que no existe... qué sé yo...
—¿Qué es eso, señorito—le dijo Domingo entrando—, qué le pasa?