—Ay, Domingo—contestó Augusto con voz de fantasma—, no lo puedo remediar; siento un terror loco a acostarme...
—Pues no se acueste.
—No, no, es preciso; no puedo tenerme en pie.
—Yo creo que el señorito debe pasear la cena. Ha cenado en demasía.
Intentó ponerse en pie Augusto.
—¿Lo ves, Domingo, lo ves? No puedo tenerme en pie.
—Claro, con tanto embutir en el estómago...
—Al contrario, con lastre se tiene uno mejor en pie. Es que no existo. Mira, ahora poco, al cenar me parecía como si todo eso me fuese cayendo desde la boca en un tonel sin fondo. El que come vive, tiene razón Liduvina, pero el que come como he comido yo esta noche, por desesperación, es que no existe. Yo no existo...
—Vaya, vaya, déjese de bobadas; tome su café y su copa, para empujar todo eso y asentarlo, y vamos a dar un paseo. Le acompañaré yo.
—No, no puedo tenerme en pie, ¿lo ves?