—¡Bueno, déjele en paz a ese señor, que se muera cuando Dios lo haga, y usted a dormirse!

—A dormir... a dormir... a soñar... ¡Morir... dormir... dormir... soñar acaso...! Pienso, luego soy; soy, luego pienso... ¡No existo, no! ¡no existo... madre mía! Eugenia... Rosario... Unamuno...—y se quedó dormido.

Al poco rato se incorporó en la cama lívido, anhelante, con los ojos todo negros y despavoridos, mirando más allá de las tinieblas, y gritando: «¡Eugenia, Eugenia!» Domingo acudió a él. Dejó caer la cabeza sobre el pecho y se quedó muerto.

Cuando llegó el médico se imaginó al pronto que aún vivía, habló de sangrarle, de ponerle sinapismos, pero pronto pudo convencerse de la triste verdad.

—Ha sido cosa del corazón... un ataque de asistolia—dijo el médico.

—No, señor—contestó Domingo—, ha sido un asiento. Cenó horriblemente, como no acostumbra, de una manera desusada en él, como si quisiera...

—Sí, desquitarse de lo que no habría de comer en adelante, ¿no es eso? Acaso el corazón presintió su muerte.

—Pues yo—dijo Liduvina—creo que ha sido de la cabeza. Es verdad que cenó de un modo disparatado, pero como sin darse cuenta de lo que hacía y diciendo disparates...

—¿Qué disparates?—preguntó el médico.

—Que él no existía y otras cosas así...