—Bueno, pues, como iba diciendo—siguió el médico—, el estómago elabora los jugos que hacen la sangre, el corazón riega con ellos a la cabeza y al estómago para que funcione, y la cabeza rige los movimientos del estómago y del corazón. Y por lo tanto este señor don Augusto ha muerto de las tres cosas, de todo el cuerpo, por síntesis.

—Pues yo creo—intervino Liduvina—que a mi señorito se le había metido en la cabeza morirse y, ¡claro!, el que se empeña en morir, al fin se muere.

—¡Es claro!—dijo el médico—. Si uno no creyese morirse, ni aun hallándose en la agonía, acaso no moriría. Pero así que le entre la menor duda de que no puede menos de morir, está perdido.

—Lo de mi señorito ha sido un suicidio y nada más que un suicidio. Ponerse a cenar como cenó viniendo como venía es un suicidio y nada más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!

—Disgustos acaso...

—Y grandes, ¡muy grandes! ¡mujeres!

—¡Ya, ya! Pero, en fin, la cosa no tiene ya otro remedio que preparar el entierro.

Domingo lloraba.


XXXIII