—¿Al arte? ¿A cuál, al de la música?
—¡Claro está!
—¡Pues le han engañado a usted, don Augusto!
«¡Don Augusto! ¡Don Augusto!—pensó éste—. ¡Don...! ¡De qué mal agüero es este don! ¡casi tan malo como aquel caballero!» Y luego, en voz alta:
—¿Es que no le gusta la música?
—Ni pizca, se lo aseguro.
«Liduvina tiene razón—pensó Augusto—; ésta después que se case, y si el marido la puede mantener, no vuelve a teclear un piano.» Y luego, en voz alta:
—Como es voz pública que es usted una excelente profesora...
—Procuro cumplir lo mejor posible con mi deber profesional, y ya que tengo que ganarme la vida...
—Eso de tener que ganarte la vida...—empezó a decir don Fermín.