—Bueno, basta—interrumpió la tía—; ya el señor don Augusto está informado de todo...

—¿De todo? ¿De qué?—preguntó con aspereza y con un lijerísimo ademán de ir a levantarse Eugenia.

—Sí, de lo de la hipoteca...

—¿Cómo?—exclamó la sobrina poniéndose en pie—. Pero ¿qué es esto, qué significa todo esto, a qué viene esta visita?

—Ya te he dicho, sobrina, que este señor deseaba conocerte... Y no te alteres así...

—Pero es que hay cosas...

—Dispense a su señora tía, señorita—suplicó también Augusto poniéndose a su vez en pie, y lo mismo hicieron los tíos—; pero no ha sido otra cosa... Y en cuanto a eso de la hipoteca y a su abnegación de usted y amor al trabajo, yo nada he hecho para arrancar de su señora tía tan interesantes noticias; yo...

—Sí, usted se ha limitado a traer el canario unos días después de haberme dirigido una carta...

—En efecto, no lo niego.

—Pues bien, caballero, la contestación a esa carta se la daré cuando mejor me plazca y sin que nadie me cohiba a ello. Y ahora vale más que me retire.