—¿Te conmueve?
—Me encocora. Y, la verdad, ¿por qué no he de decírtelo?, sí, me conmueve.
—¿Y temes?
—¡Hombre, no seas majadero! No temo nada. Para mí no hay más que tú.
—¡Ya lo sabía!—dijo lleno de convicción Mauricio, y poniendo una mano sobre una rodilla de Eugenia la dejó allí.
—Es preciso que te decidas, Mauricio.
—Pero ¿a qué, rica mía, a qué?
—¿A qué ha de ser, hombre, a qué ha de ser? ¡A que nos casemos de una vez!
—Y ¿de qué vamos a vivir?
—De mi trabajo hasta que tú lo encuentres.