—¿De tu trabajo?
—¡Sí, de la odiosa música!
—¿De su trabajo? ¡Eso sí que no!; ¡nunca! ¡nunca! ¡nunca!; ¡todo menos vivir yo de tu trabajo! Lo buscaré, seguiré buscándolo, y en tanto, esperaremos...
—Esperaremos... esperaremos... ¡y así se nos irán los años!—exclamó Eugenia taconeando en el suelo con el pie sobre que estaba la rodilla en que Mauricio dejó descansar su mano.
Y él, al sentir así sacudida su mano, la separó de donde la posaba, pero fué para echar el brazo sobre el cuello de ella y hacer juguetear entre sus dedos uno de los pendientes de su novia. Eugenia le dejaba hacer.
—Mira, Eugenia, para divertirte le puedes poner, si quieres, buena cara a ese panoli.
—¡Mauricio!
—¡Tienes razón, no te enfades, rica mía!—y contrayendo el brazo atrajo a su cabeza la de Eugenia, buscó con sus labios los de ella y los juntó, cerrando los ojos, en un beso húmedo, silencioso y largo.
—¡Mauricio!
Y luego le besó en los ojos.