—¡Oh, Eugenia, Eugenia!

—Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un muerto.

—Y más muerto que vivo estaba, créamelo.

—Va a ser menester que nos expliquemos.

—¡Eugenia!—exclamó el pobre, y extendió una mano que recojió al punto.

—Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver!—y le cojió la mano para tomarle el pulso.

Y éste empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo, ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó perder el sentido.

—¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!

—¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!

—Don Augusto... don Augusto... don... don...