—Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y hablemos tranquilamente.
—Pero, permítame...—y le cojió entre sus dos manos la diestra aquella blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hechos para acariciar las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.
—Como usted quiera, don Augusto.
Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas entibiaron la frialdad blanca.
—Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.
—Pero mira, Eugenia, ven...
—No, no, no, ¡formalidad!—y desprendiendo su mano de las de él prosiguió: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece que usted está engañado.
—¿Cómo engañado?
—Sí, han debido decirle que tengo novio.
—Lo sé.