—Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?

—Sí, por mí lo ha dicho; ¿pues?

—Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...

—Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?

—No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oirle la criada...

—¡Sí, sí—continuó exaltándose—, hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras...!

—Dispense un momento—le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole solo.

Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:

—Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?

—¡Eugenia! ¡Eugenia!