En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo:—¡Mis tíos!—A los pocos momentos entraban éstos en la sala.
—Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse, pero le dije que pasara, que no tardaríais en venir, ¡y aquí está!
—¡Vendrán tiempos—exclamó don Fermín—en que se disiparán los convencionalismos sociales todos! Estoy convencido de que las cercas y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...
—¡Cállate, hombre—exclamó doña Ermelinda—, que no me dejas oir cantar al canario! ¿No le oye usted, don Augusto? ¡Es un encanto oirle! Y cuando ésta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que oirle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más ésta daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de eso, reventado...
—¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios!—agregó el tío—. ¡Hasta a los animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!
—Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto?—preguntó la tía.
—Oh, no, señora, no, nada, nada, un momentito, un relámpago... por lo menos así me lo pareció...
—¡Ah, vamos!
—Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto de una lijera indisposición que trajo de la calle...
—¿Cómo?