—¡Sí, es mi amante!—le interrumpió ella—. Y si no, que lo diga él.
El conde miraba al suelo.
—Ya ve usted, señor conde—dijo Alejandro al de Bordaviella—, cómo persiste en su locura. Porque usted no ha tenido, no ha podido tener, ningún género de esas relaciones con mi mujer...
—¡Claro que no!—exclamó el conde.
—¿Lo ven ustedes?—añadió Alejandro volviéndose a los médicos.
—Pero cómo—gritó Julia—, ¿te atreves tú, tú, Juan, tú, mi michino, a negar que he sido tuya?
El conde temblaba bajo la mirada fría de Alejandro, y dijo:
—Repórtese, señora, y vuelva en sí. Usted sabe que nada de eso es verdad. Usted sabe que si yo frecuentaba esta casa, era como amigo de ella, tanto de su marido como de usted misma, señora, y que yo, un conde de Bordaviella, jamás afrentaría así a un amigo como...
—Como yo—le interrumpió Alejandro—. ¿A mí? ¿A mí? ¿A Alejandro Gómez? Ningún conde puede afrentarme, ni puede mi mujer faltarme. Ya ven ustedes, señores, que la pobre está loca...
—¿Pero también tú, Juan? ¿También tú, michino?—gritó ella—. ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Mi marido te ha amenazado, y por miedo, por miedo, cobarde, cobarde, cobarde, no te atreves a decir la verdad y te prestas a esta farsa infame para declararme loca! ¡Cobarde, cobarde, villano! Y tú también, como mi marido...