—¿Lo ven ustedes, señores?—dijo Alejandro a los médicos.
La pobre Julia sufrió un ataque, y quedó como deshecha.
—Bueno; ahora, señor mío—dijo Alejandro dirigiéndose al conde—, nosotros nos vamos, y dejemos que estos dos señores facultativos, a solas con mi pobre mujer, completen su reconocimiento.
El conde le siguió. Y ya fuera de la estancia, le dijo Alejandro:
—Conque ya lo sabe usted, señor conde: o mi mujer resulta loca, o les levanto a usted y a ella las tapas de los sesos. Usted escogerá.
—Lo que tengo que hacer es pagarle lo que le debo, para no tener más cuentas con usted.
—No; lo que debe hacer es guardar la lengua. Conque quedamos en que mi mujer está loca de remate y usted es un tonto de capirote. ¡Y ojo con ésta!—y le enseñó una pistola.
Cuando, algo después, salían los médicos del despacho de Alejandro, decíanse:
—Esta es una tremenda tragedia. ¿Y qué hacemos?
—¿Qué vamos a hacer sino declararla loca? Porque, de otro modo, ese hombre la mata a ella y le mata a ese desdichado conde.