Y volviéndose al criado: «¡Retírate!»
Quedáronse los tres solos. El conde temblaba. No se atrevía a probar el te.
—Sírveme a mí primero, Julia—dijo el marido—. Y yo lo tomaré antes para que vea usted, señor conde, que en mi casa se puede tomar todo con confianza.
—Pero si yo...
—No, señor conde; aunque yo no sea un caballero, ni mucho menos, no he llegado aún a eso. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones.
Alejandro miró a Julia, y ésta, lentamente, con voz fantasmática, empezó a hablar. Estaba espléndidamente hermosa. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago. Sus palabras fluían frías y lentas, pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego consumidor.
—He hecho que mi marido le llame, señor conde—dijo Julia—, porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente.
—¿A mí, Julia?
—¡No me llame usted Julia! Sí, a usted. Cuando me puse loca, loca de amor por mi marido, buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no, quise tomarle a usted de instrumento para excitar sus celos, y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme seducido. Y esto fué un embuste, y habría sido una infamia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba loca. ¿No es así, señor conde?
—Sí, así es, doña Julia...