—Señora de Gómez—corrigió Alejandro.
—Lo que le atribuí a usted, cuando le llamábamos mi marido y yo el michino..., ¡perdónenoslo usted!
—¡Por perdonado!
—Lo que le atribuí entonces fué una acción villana e infame, indigna de un caballero como usted...
—¡Muy bien—agregó Alejandro—, muy bien! Acción villana e infame, indigna de un caballero; ¡muy bien!
—Y aunque, como le repito, se me puede y debe excusar en atención a mi estado de entonces, yo quiero, sin embargo, que usted me perdone. ¿Me perdona?
—Sí, sí; le perdono a usted todo; les perdono a ustedes todo—suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa.
—¿A ustedes?—le interrumpió Alejandro—. A mí no me tiene usted nada que perdonar.
—¡Es verdad, es verdad!
—Vamos, cálmese—continuó el marido—, que le veo a usted agitado. Tome otra taza de te. Vamos, Julia, sírvele otra taza al señor conde. ¿Quiere usted tila en ella?