—¿Es que no puede morirse tu mujer?
—No; mi mujer no puede morirse. Antes me moriré yo. A ver, que venga la muerte, que venga. ¡A mí! ¡A mí la muerte! ¡Que venga!
—¡Ay, Alejandro, ahora lo doy todo por bien padecido...! ¡Y yo que dudé de que me quisieras...!
—¡Y no, no te quería, no! Eso de querer, te lo he dicho mil veces, Julia, son tonterías de libros. ¡No te quería, no! ¡Amor..., amor! Y esos miserables, cobardes, que hablan de amor, dejan que se les mueran sus mujeres. No, no es querer... No te quiero...
—¿Pues qué?—preguntó con la más delgada hebra de su voz, volviendo a ser presa de su vieja congoja, Julia.
—No, no te quiero... ¡Te... te... te..., no hay palabra!—y estalló en secos sollozos, en sollozos que parecían un estertor, un estertor de pena y de amor salvaje.
—¡Alejandro!
Y en esta débil llamada había todo el triste júbilo del triunfo.
—¡Y no, no te morirás; no te puedes morir; no quiero que te mueras! ¡Mátame, Julia, y vive! ¡Vamos, mátame, mátame!
—Sí, me muero...