Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y claros de la doncella. «¿Habrá adivinado la verdad?», se dijo, y estuvo por arredrarse; pero los ojos negros de la viuda le empujaron diciéndole: «Digas lo que dijeres, tú no puedes mentir...»
Don Juan.—¡De propia voluntad!
Berta.—¿Pero la tienes, Juan?
Don Juan.—Es para tenerla para lo que quiero hacerte mi mujer...
Berta.—Y entonces...
Don Juan.—Entonces, ¿qué?
Berta.—¿Vas a dejar antes a esa otra?
Don Juan.—Berta... Berta...
Berta.—Bien, no hablemos más de ello, si quieres. Porque todo esto quiere decir que sintiéndote impotente para desprenderte de esa mujer quieres que sea yo quien te desprenda de ella. ¿No es así?
Don Juan.—Sí, así es—y bajó la cabeza.