Don Juan.—Por Dios, Raquel, mira que...
Raquel.—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he enseñado no puedes enseñarle nada! ¿Qué tal tu esposa? Tú... tú no eres de ella...
Don Juan.—No, ni soy mío...
Raquel.—Tú eres mío, mío, mío, michino, mío... Y ahora ya sabes vuestra obligación. A tener juicio, pues. Y ven lo menos que puedas por esta nuestra casa.
Don Juan.—Pero, Raquel...
Raquel.—No hay Raquel que valga. Ahora te debes a tu esposa. ¡Atiéndela!
Don Juan.—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez en cuando a verte...
Raquel.—Lo sabía. ¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme, ¿no es eso?
Don Juan.—Sí, te imita en cuanto puede; en el vestir, en el peinado, en los ademanes, en el aire...
Raquel.—Sí, cuando vinisteis a verme la primera vez, en aquella visita de ceremonia casi, observé que me estudiaba...