Berta.—Le chocará verme por aquí, así, sola...

Raquel.—No, no me choca... Y hasta esperaba su visita...

Berta.—¿Esperarla?

Raquel.—La esperaba, sí. Después de todo, algo me parece haber hecho por su esposo, por nuestro buen Juan, y acaso el matrimonio...

Berta.—Sí, yo sé que si usted, con su amistad, no le hubiese salvado de las mujeres...

Raquel.—¡Bah! De las mujeres...

Berta.—Y he sabido apreciar también su generosidad...

Raquel.—¿Generosidad? ¿Por qué? ¡Ah, sí, ya caigo! ¡Pues, no, no! ¿Cómo iba a ligarle a mi suerte? Porque, en efecto, él quiso casarse conmigo...

Berta.—Lo suponía...

Raquel.—Pero como estábamos a prueba y la bendición del párroco, aunque nos hubiese casado y dado gracia de casados, no habría hecho que criásemos hijos para el cielo... ¿Por qué se ruboriza así, Berta? ¿No ha venido a que hablemos con el corazón desnudo en la mano...?