Berta.—Que no le encuentro la voluntad...

Raquel.—¿Y viene usted a buscarla aquí acaso?

Berta.—¡Oh, no, no! Pero...

Raquel.—Con esos peros no irá usted a ninguna parte...

Berta.—¿Y adónde he de ir?

Raquel.—¿Adónde? ¿Quiere usted que le diga adónde?

Berta, intensamente pálida, vaciló, mientras los ojos de Raquel, acerados, hendían el silencio. Y al cabo:

Berta.—Sí. ¿Adónde?

Raquel.—¡A ser madre! Esa es su obligación. ¡Ya que yo no he podido serlo, séalo usted!

Hubo otro silencio opresor, que rompió Berta exclamando: