En aquel momento se oyó un grito desgarrador. Doña Marta corrió al lado de su hija, y Raquel se quedó escuchando al silencio que siguió al grito. Luego se sentó. Y al sentir, al poco, que pasaba Juan a su lado, le detuvo cogiéndole de un brazo y le interrogó con un «¿qué?» de ansia.

Don Juan.—Una niña...

Raquel.—¡Se llamará Raquel!

Y desapareció la viuda.


IX

En la entrevista que Juan tuvo con sus suegros, los abuelos de la nueva mujercita que llegaba al mundo, le sorprendió el que al insinuar él, lleno de temores y con los ojos de la viuda taladrándole desde la espalda el corazón, que se la llamara Raquel a su hija, los señores Lapeira no opusieron objeción alguna. Parecían abrumados. ¿Qué había pasado allí?

Doña Marta.—Sí, sí, le debemos tanto a esa señora, tanto..., y después de todo, para ti ha sido como una madre...

Don Juan.—Sí, es verdad...

Doña Marta.—Y aun creo más, y es que debe pedírsele que sea madrina de la niña.