Raquel.—¿A mi Quelina? ¡Que es yo misma, yo...! ¿Que me entregue yo? ¿Que te entregue mi Quelina, mi Raquel, para que hagas de ella otra como tú, otra Berta Lapeira, otra como vosotras? ¿Como vosotras, las honradas esposas? Ah, también yo fuí esposa; sí, esposa; también yo sé...

Berta.—¿Y qué culpa tengo yo de que ni tu marido ni luego Juan pudiesen contigo lo que éste conmigo ha podido, lo que he podido yo con él?

Raquel.—¿Y tú, Juan, tú, hi-jo mí-o, te vas a repartir? ¿O estás para tu esposa entero?

Juan huyó de las dos.


XI

Juan huyó de las dos, y algo más. ¿Cómo fué ello? Sólo se supo que habiendo salido en excursión hacia la Sierra, en automóvil, lo volvieron a su casa moribundo y se murió en ella sin recobrar el conocimiento. Ni el chauffeur ni el amigo que le acompañaba supieron explicar bien lo ocurrido. Al bordear un barranco le vieron desaparecer del carruaje—no sabían decir si porque cayó o porque se tirara—, le vieron rodar por el precipicio, y cuando luego le recogieron, estaba destrozado. Tenía partida la cabeza y el cuerpo todo magullado.

¡Qué mirada la que Raquel y Berta se cruzaron sobre el cuerpo blanco y quieto de su Juan!

Berta.—Ahora—dijo Berta—lo de la niña, lo de mi hija, está claro...

Raquel.—Claro. ¿Y de qué va a vivir? ¿Quién la va a mantener? ¿Quién la va a educar? ¿Y cómo? Y tú, ¿de qué vas a vivir? ¿Y de qué van a vivir tus padres?