Berta.—¿Y la fortuna de Juan?
Raquel.—¡Juan no deja fortuna alguna...! ¡Todo lo que hay aquí es mío! ¡Y si no lo sabías, ya lo sabes!
Berta.—¡Ladrona! ¡Ladrona! ¡Ladrona!
Raquel.—Esas son palabras, y no sabes quién le ha robado a quién. Acaso la ladrona eres tú...; las ladronas sois vosotras, las de tu condición. Y no quiero que hagáis de mi Quelina, de mi hija, una ladrona como vosotras... Y ahora piénsalo bien con tus padres. Piensa si os conviene vivir como mendigos, o en paz con la ladrona...
Berta.—¿En paz?
Raquel.—¡A los ojos del mundo, en paz!
***
Berta tuvo largas conversaciones con sus padres, los señores Lapeira, y los tres, con un abogado de mucha nota y reputación, informáronse del testamento de don Juan, en que aparecía no tener nada propio; del estado de su fortuna, toda ella en poder de Raquel, y al cabo aceptaron el compromiso. Los sostendría Raquel, a la que había, a cambio, que ceder la niña.
El único consuelo era que Berta volvería a ser madre y que Raquel consignaría un capitalito a nombre del hijo o hija póstumos del pobre don Juan. Pero ¿cómo se criaría esta desdichada criatura?
Raquel.—Si te vuelves a casar—le dijo Raquel a Berta—, te dotaré. Piénsalo. No se está bien de viuda.