—Loca, sí; loca de desesperación, loca de asco, loca de horror a este padre que me quiere vender... Y si tú estuvieses loco, loco de amor por mí, te suicidarías conmigo.
—Pero advierte, Julia, que tú quieres que esté loco de amor por ti para suicidarme contigo, y no dices que te suicidarás conmigo por estar loca de amor por mí, sino loca de asco a tu padre y a tu casa. ¡No es lo mismo!
—¡Ah! ¡Qué bien discurres! ¡El amor no discurre!
Y rompieron también sus relaciones. Y Julia se decía: «Tampoco éste me quería a mí, tampoco éste. Se enamoran de mi hermosura, no de mí. ¡Yo doy cartel!» Y lloraba amargamente.
—¿Ves, hija mía—le dijo su madre—; no lo decía? ¡Ya va otro!
—E irán cien, mamá; ciento, sí, hasta que encuentre el mío, el que me liberte de vosotros. ¡Querer venderme!
—Eso díselo a tu padre.
Y se fué doña Anacleta a llorar a su cuarto, a solas.
—Mira, hija mía—le dijo, al fin, a Julia su padre—, he dejado pasar eso de tus dos novios, y no he tomado las medidas que debiera; pero te advierto que no voy a tolerar más tonterías de ésas. Conque ya lo sabes.
—¡Pues hay más!—exclamó la hija con amarga sorna y mirando a los ojos de su padre en son de desafío.