—¿Y qué hay?—preguntó éste, amenazador.
—Hay... ¡que me ha salido otro novio!
—¿Otro? ¿Quién?
—¿Quién? ¿A que no aciertas quién?
—Vamos, no te burles, y acaba, que me estás haciendo perder la paciencia.
—Pues nada menos que don Alberto Menéndez de Cabuérniga.
—¡Qué barbaridad!—exclamó la madre.
Don Victorino palideció, sin decir nada. Don Alberto Menéndez de Cabuérniga era un riquísimo hacendado, disoluto, caprichoso en punto a mujeres, de quien se decía que no reparaba en gastos para conseguirlas; casado, y separado de su mujer. Había casado ya a dos, dotándolas espléndidamente.
—¿Y qué dices a eso, padre? ¿Te callas?
—¡Que estás loca!