—¡Todos no; pero los que han sabido hacerlo, sí! Un señoritingo de esos que lo ha heredado, un condesito o duquesín de alfeñique, no, no va a ninguna parte, por muchos millones que tenga; ¿pero yo? ¿Yo? ¿Yo, que he sabido hacerlo por mí mismo, a puño? ¿Yo?
¡Y había que oír cómo pronunciaba yo! En esta afirmación personal se ponía el hombre todo.
—Nada que de veras me haya propuesto, he dejado de conseguir. ¡Y si quiero, llegaré a ministro! Lo que hay es que yo no lo quiero.
***
A Alejandro le hablaron de Julia, la hermosura monumental de Renada. «¡Hay que ver eso!»—se dijo. Y luego que la vió: «¡Hay que conseguirla!»
—¿Sabes, padre—le dijo un día al suyo Julia—, que ese fabuloso Alejandro, ya sabes, no se habla más que de él hace algún tiempo..., el que ha comprado Carbajedo...?
—¡Sí, sí, sé quién es! ¿Y qué?
—¿Sabes que también ése me ronda?
—¿Es que quieres burlarte de mí, Julia?
—No, no me burlo, va en serio; me ronda.