—¡Te digo que no te burles...!
—¡Ahí tienes su carta!
Y sacó del seno una, que echó a la cara de su padre.
—¿Y qué piensas hacer?—le dijo éste.
—¡Pues qué he de hacer...! ¡Decirle que se vea contigo y que convengáis el precio!
Don Victorino atravesó con una mirada a su hija, y se salió sin decirle palabra. Y hubo unos días de lóbrego silencio y de calladas cóleras en la casa. Julia había escrito a su nuevo pretendiente una carta—contestación henchida de sarcasmos y de desdenes, y poco después recibía otra con estas palabras, trazadas por mano ruda y en letras grandes, angulosas y claras: «Usted acabará siendo mía. Alejandro Gómez sabe conseguir todo lo que se propone.» Y al leerlo, se dijo Julia: «¡Este es un hombre! ¿Será mi redentor? ¿Seré yo su redentora?» A los pocos días de esta segunda carta llamó don Victorino a su hija, se encerró con ella, y casi de rodillas y con lágrimas en los ojos, le dijo:
—Mira, hija mía, todo depende ahora de tu resolución: nuestro porvenir y mi honra. Si no aceptas a Alejandro, dentro de poco no podré ya encubrir mi ruina y mis trampas, y hasta mis...
—No lo digas.
—No, no podré encubrirlo. Se acaban los plazos. Y me echarán a presidio. Hasta hoy he logrado parar el golpe..., ¡por ti! ¡Invocando tu nombre! Tu hermosura ha sido mi escudo. «¡Pobre chica!», se decían.
—¿Y si le acepto?