—Parece que está usted mala, Julia—dijo él.
—¡No, no; estoy bien!
—Entonces, ¿por qué tiembla así?
—Algo de frío acaso...
—No, sino miedo.
—¿Miedo? ¿Miedo de qué?
—¡Miedo... a mí!
—¿Y por qué he de tenerle miedo?
—¡Sí, me tiene miedo!
Y el miedo reventó deshaciéndose en llanto. Julia lloraba desde lo más hondo de las entrañas, lloraba con el corazón. Los sollozos le agarrotaban, faltábale el respiro.