—¿Es que soy algún ogro?—susurró Alejandro.
—¡Me han vendido! ¡Me han vendido! ¡Han traficado con mi hermosura! ¡Me han vendido!
—¿Y quién dice eso?
—¡Yo, lo digo yo! ¡Pero no, no seré de usted... sino muerta!
—Serás mía, Julia, serás mía... ¡Y me querrás! ¿Vas a no quererme a mí? ¿A mí? ¡Pues no faltaba más!
Y hubo en aquel a mí un acento tal, que se le cortó a Julia la fuente de las lágrimas, y como que se le paró el corazón. Miró entonces a aquel hombre, mientras una voz le decía: «¡Este es un hombre!»
—¡Puede usted hacer de mí lo que quiera!
—¿Qué quieres decir con eso?—preguntó él, insistiendo en seguir tuteándola.
—No sé... No sé lo que me digo...
—¿Qué es eso de que puedo hacer de ti lo que quiera?