—Sí, que puede...
—Pero es que lo que yo—y este yo resonaba triunfador y pleno—quiero es hacerte mi mujer.
A Julia se le escapó un grito, y con los grandes ojos hermosísimos irradiando asombro, se quedó mirando al hombre, que sonreía y se decía: «Voy a tener la mujer más hermosa de España.»
—¿Pues qué creías...?
—Yo creí..., yo creí...
Y volvió a romper el pecho en lágrimas ahogantes. Sintió luego unos labios sobre sus labios y una voz que le decía:
—Si, mi mujer, la mía..., mía..., mía... ¡Mi mujer legítima, claro está! ¡La ley sancionará mi voluntad! ¡O mi voluntad la ley!
—¡Sí.... tuya!
Estaba rendida. Y se concertó la boda.
***