—Por lo mismo. Hasta su mismo desaseo me hace gracia. No olvides que yo casi me crié en un estercolero, y tengo algo de lo que un amigo mío llama la voluptuosidad del pringue. Y ahora, después de este entremés rústico, apreciaré mejor tu hermosura, tu elegancia y tu pulcritud.
—No sé si me estás adulando o insultando.
—¡Bueno! ¡La neurastenia! ¡Y yo que te creía en camino de curación...!
—Por supuesto, vosotros los hombres podéis hacer lo que se os antoje, y faltarnos...
—¿Quién te ha faltado?
—¡Tú!
—¿A eso llamas faltarte? ¡Bah, bah! ¡Los libros, los libros! Ni a mí se me da un pitoche de la Simona, ni...
—¡Claro! ¡Ella es para ti como una perrita, o una gatita, o una mona!
—¡Una mona, exacto; nada más que una mona! Es a lo que más se parece. ¡Tú lo has dicho: una mona! ¿Pero he dejado por eso de ser tu marido?
—Querrás decir que no he dejado yo por eso de ser tu mujer...