—Veo, Julia, que vas tomando talento...
—¡Claro, todo se pega!
—¿Pero de mí, por supuesto, y no del michino?
—¡Claro que de ti!
—Pues bueno; no creo que este incidente rústico te ponga celosa... ¿Celos tú? ¿Tú? ¿Mi mujer? ¿Y de esa mona? Y en cuanto a ella, ¡la doto, y encantada!
—Claro, en teniendo dinero...
—Y con esa dote se casa volando, y le aporta ya al marido, con la dote, un hijo. Y si el hijo sale a su padre, que es nada menos que todo un hombre, pues el novio sale con doble ganancia.
—¡Calla, calla, calla!
La pobre Julia se echó a llorar.
—Yo creí—concluyó Alejandro—que el campo te había curado la neurastenia. ¡Cuidado con empeorar!