A los dos días de esto volvíanse a la corte.
***
Y Julia volvió a sus congojas, y el conde de Bordaviella a sus visitas, aunque con más cautela. Y ya fué ella, Julia, la que, exasperada, empezó a prestar oídos a las venenosas insinuaciones del amigo, pero sobre todo a hacer ostentación de la amistad ante su marido, que alguna vez se limitaba a decir: «Habrá que volver al campo y someterte a tratamiento.»
Un día, en el colmo de la exasperación, asaltó Julia a su marido, diciéndole:
—¡Tú no eres un hombre, Alejandro, no, no eres un hombre!
—¿Quién, yo? ¿Y por qué?
—¡No, no eres un hombre, no lo eres!
—Explícate.
—Ya sé que no me quieres, que no te importa de mí nada, que no soy para ti ni la madre de tu hijo; que no te casaste conmigo nada más que por vanidad, por jactancia, por exhibirme, por envanecerte con mi hermosura, por...
—¡Bueno, bueno; ésas son novelerías! ¿Por qué no soy hombre?