Se le dió sepultura en el Convento de la Rábida.
Por su valor, porque sin su colaboración no se hubiera hecho entonces el descubrimiento de América, y por sus excepcionales dotes de marino, puestas de relieve en diversidad de ocasiones, y sobre todo en la inmortal empresa, bien merecía que las musas le hubieran ensalzado y llorado, que los ingenios de aquellos días heroicos hubieran prorrumpido en profundas lamentaciones y ceñídole a su memoria las coronas de laureles eternos que la posteridad le ha hecho ya la justicia de consagrarle.
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Martín Alonso dejó cuatro hijos y una hija. Dos de aquéllos, Arias Pérez, que era el mayor, y Diego Fernández, fueron muy arriesgados y hábiles marineros y acompañaron a su tío Vicente Yáñez Pinzón en el famoso viaje en que descubrió el Brasil.
La hija estaba demente. En 1503, Arias Pérez se dirigió al rey dándole cuenta de que la muchacha padecía de gota coral y de que la tenía en su casa desde hacía cinco años, y solicitando que, pues no podía sufrir más las impertinencias y los disgustos debidos a su enfermedad, se obligara a cada uno de los otros hermanos a que la soportaran tanto tiempo como él lo había hecho, y que, si se negaban a ello, se entendiese que renunciaban a la parte que al fallecimiento de la pobre loca pudiera corresponderle de los bienes que había heredado de su padre. «E Nos—contestaba Fernando V a estas reclamaciones—tuvímoslo por bien».
El primogénito de Martín Alonso estaba cansado de su hermana; los demás no querían aguantarla, y por eso las demandas de Arias a la majestad real.
Si los de su sangre la rechazaban, los extraños no la iban a recoger. Los obligados a protegerla no tenían que castigar sus patrimonios para los gastos de su sustentación y cuidado. Ella contaba con hacienda propia. Y ni aun así la aceptaban. Tenía, la infeliz, destemplada la armonía del entendimiento. Y tenían sus hermanos destemplada la armonía del corazón.
Son verdaderamente tristes la infelicidad de la hija y el egoísmo de los hijos de Martín Alonso.
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Don Cristóbal, sin la ayuda que en dinero, hombres y buques le proporcionaron Martín Alonso y sus hermanos, no hubiera podido emprender su viaje, ni descubrir el Nuevo Mundo.