Colón no les ofreció a los Reyes Católicos descubrir un nuevo mundo, sino encontrar un camino más corto que el seguido hasta entonces para ir a las Indias y llegar al oriente de éstas navegando al occidente.
Apoyándose en las que él llamaba «razones de cosmografía», pensaba que era corta la distancia entre las costas occidentales de Europa y Asia y las de Catay y Cipango. Se proponía buscar el levante por el poniente y pasar al nacimiento de las especias. «Vuestras Altezas ordenaron—dice en el prólogo del Diario de su primer viaje—que no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbraba de andar, salvo por el camino de occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie».
Estas ideas cosmográficas eran las de Pablo Toscanelli, que, escribiéndole a Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y enviándole a la vez una carta geográfica para el rey de Portugal, le invita a reparar en que en ella «está pintado en derechura por poniente el principio de las Indias».
Cuando don Cristóbal se dispuso, el 23 de octubre de 1492, a partir para la isla de Cuba, creyó que era la de Cipango, y el 14 de noviembre «maravillóse en gran manera—cerca de Puerto del Príncipe—de ver tantas islas y tan altas, y se figuró que son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de oriente se ponen».
Al regreso, en 1496, de su segundo viaje, visitó a su íntimo amigo Bernáldez, el famoso párroco de la villa de los Palacios, y le refirió cómo se le había ocurrido la idea de buscar las tierras del gran kant, soberano del Asia oriental, navegando al occidente.
En la carta denominada Lettera rarisima, que don Cristóbal dirigió, desde Jamaica, en 7 de julio de 1503, «a los cristianísimos y muy poderosos rey y reina de España», notificándoles lo ocurrido en el cuarto viaje, hay pruebas de que persistía en su error en aquella fecha al final de sus expediciones y trabajos. «También dicen que la mar boxa a Cyguare y de allí a diez jornadas está el río de Gangues». Se imaginaba estar cerca del Ganges, en el continente asiático. «Llegué a trece de mayo en la provincia de Mago, que parte con aquella de Catayo». ¿No recuerdan estas palabras el capítulo LXV de los Viajes de Marco Polo? ¿No se inspiraría en él el almirante para escribirlas? Obsérvese, de paso, que constituyen una irrebatible demostración de que Alejandro de Humboldt no estaba en lo cierto al sostener, en sus magníficos estudios sobre el descubrimiento de América, que le era desconocido a don Cristóbal el libro del afamadísimo viajero veneciano.
Como ha dicho el laborioso historiador don Cesáreo Fernández Duro, «de hallar Colón lo que no buscaba y del convencimiento en que murió de haber llegado al Asia, se infiere que para el descubridor del Nuevo Mundo el Nuevo Mundo no existió.
Martín Alonso regresó a España con la seguridad de que acababa de romperse el misterio de tierras desconocidas.