Tidor, Terrenate, Maquián, Bachían y otras islas abundaban en clavo, nuez moscada, canela y jengibre. El cinamomo o árbol de la canela se parece al granado; el del clavo, al laurel por la hoja, y al olivo por la corteza; el de las nueces moscadas al nogal español, y la hierba del jengibre a la del azafrán.

Había en las Molucas unas aves llamadas manucodiatas. Francisco López de Gomara, en la primera parte de su Hispania Victrix, las describe así: «Son de mucho menor carne que cuerpo muestran; tienen las piernas largas un palmo; la cabeza chica; más luengo el pico; la pluma de color lindísimo; no tienen alas. Jamás tocan en tierra, sino muertas, y nunca se corrompen ni pudren. No saben dónde crían, ni qué comen, y algunos piensan que anidan en paraíso. Los españoles las traen por plumajes, y los malucos, contra heridas y asechanzas». Análoga descripción de estas aves hace Antonio de Herrera; pero todas no debían ser lo mismo. Don Martín Fernández de Navarrete vió, en 1831, dos manucodiatas traídas de Manila y originarias de Terrenate, que tenían alas.

Habiéndose despedido los nuestros de Almanzor y disponiéndose para la vuelta a España, observaron que la Trinidad hacía agua de tal modo que les sería imposible navegar con aquel buque sin antes someterlo a importantísimas reparaciones. Ocho días estuvieron trabajando en arreglarlo, y como no lo podían conseguir lo menos en tres meses, acordaron que la Victoria regresara por el cabo de Buena Esperanza, y que la Trinidad, una vez carenada, marchase a Panamá y descargase las mercancías, que serían transportadas desde el Pacífico al Atlántico.

El 21 de diciembre de 1521, la Victoria, mandada por Juan Sebastián Elcano, salió de Tidor con sesenta hombres, entre ellos trece indios, y fué a Mare, donde se proveyó de leña, y después a Latalata, Lumutola y otras islas. A mediados de enero de 1522 llegaron a la de Mahía, abundante en pimienta larga y redonda. Desde Mahía arribaron a la de Timor, pobladísima y rica en oro, jengibre y sándalo. Allí riñeron algunos de los nuestros, y se escaparon Martín de Ayamonte, grumete, y Bartolomé de Saldaña, paje que había sido de Luis de Mendoza. Los demás, luego de haberse provisto de sándalo blanco y canela, emprendieron la marcha con dirección al cabo de Buena Esperanza.

El 18 de marzo divisaron una isla muy alta, que parecía no tener habitantes ni arbolado. Desde ella—la de Amsterdan—, continúan hacia dicho cabo, a cincuenta y siete leguas del cual creen hallarse el 7 de mayo. El 9 se aproximan a la costa, y el 10 buscan, en vano, un punto donde poder adquirir subsistencias. Iban enfermos casi todos los navegantes. Hubo quienes opinaron que debían irse a Mozambique, respondiendo otros que preferían morir a retrasar la vuelta a España. El 16 sufrió el buque considerables desperfectos, y el 18, a pocas leguas del cabo de Buena Esperanza, le obligaron a retroceder la furia del viento y de las corrientes.

Del 7 al 8 de junio cortan la equinoccial.

El 1.° de junio se hallan a doce leguas de Cabo Verde, y el 9 llegan a la isla de Santiago. «Surgimos—dice Albo en su Diario—en el puerto de Río Grande, y nos recibieron muy bien, y nos dieron mantenimientos cuantos quisimos, y este día fué miércoles, y este día tienen ellos por jueves, y así creo que nosotros íbamos errados en un día».

Pedro Mártir de Angleria habla irónicamente del día perdido, que tuvo inquietos por mucho tiempo a los compañeros de Elcano, al darse cuenta, con espanto, según Herrera, de que en el viaje alrededor del mundo habían celebrado las Pascuas en lunes y comido carne en viernes. Pigafeta, en su Primo viaggio intorno al globo, nos informa de su sorpresa ante la pérdida de dicho día, porque ni uno sólo había dejado de apuntar durante la navegación. «Posteriormente advertimos—añade el cosmógrafo lombardo—, que no había ningún error y que viajando siempre a occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas». A juicio de Gomara «trascordáronse o no contaron el bisiesto».

En Río Grande, como la Victoria hacía mucha agua y eran muy pocos los marineros que quedaban, los navegantes acuerdan comprar negros para darle a la bomba y pagarlos con clavo, puesto que carecían de moneda. Así lo hacen, sin dificultades, el día 13. Para adquirir arroz, el 14 envían un batel, que vuelve a las pocas horas. Nuevamente lo envían por más arroz, y no vuelve, aunque lo esperan hasta el día 15. Los del buque se aproximan al puerto, para enterarse de lo ocurrido. Una barca les insta a que se rindan. Nuestra gente reclama el batel y los individuos que en él han ido. Los de la barca replican que se lo comunicarán a los señores de la isla. Mientras van a comunicárselo, la Victoria levanta anclas y deja abandonados en la isla de Santiago el batel y doce hombres, para librarse el resto, ya escasísimo, de los expedicionarios, de que también los prenda el gobernador de Cabo Verde. Los portugueses tenían prohibido, bajo duras penas, a los extranjeros comerciar con especiaría.

Los doce apresados fueron Martín Méndez, contador de la nave, Pedro Tolosa, despensero; Ricarte de Normandía, carpintero; Roldán de Argote, lombardero; Juan Martín y Simón de Burgos, sobresalientes; Felipe de Rodas, Gómez Hernández y Socacio Alonso, marineros; Pedro Chindurza, grumete; Vasquito Gallego, paje, y maestre Pedro, que había ido como lombardero en la Concepción con Gaspar de Mendoza. Desde Cabo Verde se los llevó a la carcel de Lisboa, de donde los mandó sacar al poco tiempo el rey Don Juan II.