El 15 de agosto pasó Elcano entre las islas del Fayal y de Flores; el 4 de septiembre divisó el cabo de San Vicente, y el 6 llegó a Sanlúcar de Barrameda, a los tres años menos catorce días de haber salido de aquel puerto y al año y cuatro meses desde que partieron de Tidor. Por la cuenta de Juan Sebastián, habían navegado catorce mil leguas, y por la de Pigafeta, catorce mil cuatrocientas sesenta.

«Fué el camino que esta nao hizo la mayor y más nueva cosa que, desde que Dios crió el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo, se ha visto, y no se ha oydo ni escripto cosa más de notar».

El 10 de septiembre se procedió a la descarga de la Victoria, que traía trescientos ochenta y un costales de clavo, cuyo peso ascendió a quinientos veinticuatro quintales y veintiuna libras y media. En cajas, sacos y costalillos vinieron muestras de otras especias, como canela y nuez moscada. Varias partidas de clavo, pertenecientes a los oficiales y marineros, pesaron veintiocho quintales, una arroba y diez libras. La canela pesó tres libras y media, y veintiocho un palo de sándalo. Por cédula expedida en Valladolid el 10 de octubre, se mandó a los oficiales de Sevilla que guardasen las muestras de droguerías y especierías traídas por Elcano. Y a los siete días se dió una nueva cédula para que fueran entregados a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de la Contratación, cuantos artículos y objetos correspondientes a la Corona hubieran venido en el buque.

De los doscientos treinta y siete individuos que fueron en 1519 en la Armada, he aquí los nombres de los diez y ocho que regresaron a España en 1522: Juan Sebastián Elcano, capitán; Francisco Albo, piloto; Miguel Rodas, maestre; Juan de Acurio, contramaestre; Martín de Indícibus, marino; Hernando de Bustamante, barbero; Aires, condestable; Antón Hernández Colmenero, Diego Gallego, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez de Rodas, Francisco Rodríguez de Huelva, marineros; Juan de Arratia, Juan de Santander y Vasco Gómez Gallego, grumetes; Juan de Zubileta, paje, y Antonio Lombardo, sobresaliente.

De «hombre intrépido, cuyo nombre no debe ser olvidado, y a quien ni la antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno», califica Antonio de Herrera a Juan Sebastián Elcano. A parecida calificación son acreedores los diez y siete que con él volvieron en la Victoria.

De los trece indios que habían sacado de las Molucas para enseñárselos al emperador, tan sólo uno desembarcó aquí vivo. Los demás fallecieron en la travesía.

Los viejos historiadores de estos extraordinarios sucesos tuvieron plena conciencia de la grandeza y la importancia de la expedición. No puede haber quién no las reconozca; mas la lectura de estas hazañas nunca podrá causar entusiasmos tan hondos y vivos como los experimentados por quienes tuvieron la suerte de oír relatarlas a los hombres que las realizaron.

Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, habló, apenas regresada la Victoria, a España, con su ínclito capitán y con su gente, y a base de estas conversaciones escribió la narración que dirigiera al obispo de Cartagena. «Procuré, con mucha diligencia, de saber y me informar de la verdad de todo ello, ansí del capitán de la nao que ahora volvió como de los otros compañeros que en su compañía vinieron».

Gonzalo Fernández de Oviedo trató al jefe de la gloriosísima nave, y así lo hace constar en el libro XX, capítulo III, de su Historia Natural y General de las Indias: «Juan Sebastián del Cano... volvió con la nao Victoria a España, al cual yo hablé y comuniqué mucho, en la corte de César, el año mill e quinientos y veynte y cuatro».

Los panegíricos de Oviedo, Gomara y Herrera y los de los historiadores modernos a la nave de Juan Sebastián y a sus heroicos navegantes repiten o amplifican este bellísimo elogio que Transilvano hizo de ellos: «Son, por cierto, estos diez y ocho marineros, que con esta nao aportaron a Sevilla, más dignos de ser puestos en inmortal memoria que aquellos argonautas que con Jasón navegaron y fueron a Colchides, de quien los antiguos poetas hacen tanta celebridad. E mucha más digna cosa es, por cierto, que esta nuestra nao sea colocada y ensalzada entre las estrellas que la en que navegó aquel griego, pues que aquella navegó desde Grecia solamente por el mar del Ponto, y ésta partiendo de Sevilla contra el mediodía y dando allí vuelta contra el occidente y pasando por deyuso deste nuestro hemisferio, penetró hasta las partes orientales, desde las cuales, tomando contra el occidente, dando la vuelta con diversas reflexiones a todo el globo e orbe de la tierra e agua, volvió a Sevilla, de donde primero había partido».