* * *
Una de las acciones de Legazpi que mejor ponen de relieve su talento y su valor es su victoria sobre los portugueses de las Molucas. El virrey de la India había encomendado al capitán Gonzalo Pereira el apresto de una armada para echar de Cebú y del archipiélago filipino a los españoles. El general se apercibió a la defensa. Habiendo trascurrido bastante tiempo sin que la flota lusitana apareciera por ninguna parte, se imaginó que el virrey habría cambiado de propósito; pero cuando Legazpi se encontraba más falto de víveres, y con sus gentes repartidas por las provincias circunvecinas haciendo sus ordinarias contrataciones, surgió en el puerto de Cebú, el 17 de septiembre de 1568, una vela que, por ser latina, reconoció inmediatamente que pertenecía a los portugueses.
El maestre de campo salió a reconocerla y se encontró con que era una galeota de Portugal, procedente de las Molucas, en la que venía Antonio Rombo de Acosta, acompañado de Gonzalo Pereira y de cuatro gentiles hombres. Según le dijo Rombo al maestre, deseaba ver al general, para tratar con él de asuntos muy importantes al servicio de la religión y al de los reyes de Portugal y Castilla.
Toda la armada, que pronto arribó al puerto, constaba de diez navíos, con setecientos hombres de armas, sin contar una chusma infinita de molucanos y malabares.
Legazpi y Gonzalo Pereira celebraron una conferencia, en la que el portugués se lamentó de que los españoles hubiesen ido a tierras que estaban incluídas en la demarcación del rey de Portugal. El gobernador le contestó que siempre había tenido por indudable hallarse en tierras correspondientes a la demarcación de Castilla.
Los conferenciantes no se avinieron y hubo necesidad de que apelasen a las armas. Después de numerosas refriegas, en que los lusitanos llevaron la peor parte, Gonzalo Pereira, en vista de la Pascua de Navidad, resolvió volverse a las Molucas, y antes le envió a Legazpi, como aguinaldo, dos ricas alfombras de Persia, una colcha, una rodela hermosísima, y algunas porcelanas de la China. El general, por no ser menos, le obsequió con diez varas de carmesí, diez de damasco, cuatro cojines de terciopelo carmesí con guarniciones de oro, y un albornoz muy rico, con rapacejos, botones y alamares de oro.
* * *
Legazpi resolvió intervenir personalmente en la conquista de la isla de Luzón y se dirigió a ella con 280 hombres. Los habitantes de Cavite le recibieron de paz. Un moro principal, llamado Dumandul, vino a la armada a visitar al generalísimo. Este le interrogó sobre el estado de los ánimos en Manila, respondiéndole Dumandul que Raxa, el viejo, anhelaba la paz, pero que su sobrino Raxa Solimán, el mozo, no debía ser de la misma opinión desde su alianza con Lacandola, reyezuelo de Tondo, con quien los de Manila habían estado siempre en relaciones hostiles.
Al ver los moros a Legazpi en el río de aquella población, la prendieron fuego y se encaminaron a Tondo. El general encargó al maestre de campo les dijese a los moros que apagaran el fuego, y que no se alborotaran, porque los españoles no les iban a hacer ningún daño.
Vinieron Raxa el viejo y Lacandola, en dos canoas, a saludar a Legazpi, y humildemente se le postraron, asegurándole que querían paz y amistad con él. El gobernador les contestó que, para que los tuviese por amigos, era indispensable que se reconocieran y declararan vasallos del rey de Castilla, que le había enviado allí para enseñarles la religión verdadera.