El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se volvió hacia Midas.
—Eres un hombre rico, amigo Midas—observó—. Me parece que no habrá en la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú has conseguido amontonar en esta habitación.
—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondió Midas en tono descontento—. Pero, después de todo, esto no es nada si se considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.
—¡Cómo!—exclamó el desconocido—. ¿Todavía no estás satisfecho?
Midas movió la cabeza.
—¿Y con qué te contentarías?—preguntó el forastero—. Sólo por curiosidad me gustaría saberlo.
Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo bastante grande para satisfacerle por completo.
Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.
Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.
—Ea, Midas—observó el visitante—, veo que por fin has pensado cosa que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.