—Sólo esto—respondió Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en oro!

La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.

—¡El Toque de Oro!—exclamó—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso te quedarás satisfecho?

—¡Completamente!...—dijo Midas.

—¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?

—¿Por qué había de arrepentirme?—preguntó Midas—. Es lo único que pido para ser completamente feliz.

—Entonces, hágase como deseas—respondió el forastero, moviendo la mano en señal de despedida—. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado con el Toque de Oro.

El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda la vida en reunir.

La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre. Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar!

Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su cabeza. Parecióle a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de sol!