Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose las puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también en hilo de oro.

A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas, besándole para entregárselo.

Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro valiesen bastante.

Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.

—Pero, después de todo, importa poco—se dijo a sí mismo con mucha filosofía—. No podemos tener un gran bien que no venga acompañado de algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo necesite.

El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto sus dedos le hubieron tocado—y salió al jardín. Encontró en él, como de costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas flores.

Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.

En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.

Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta circunstancia le sorprendió mucho, porque era su hijita una de las niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese podido llenar un dedal.

Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro reluciente.