Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si se le rompiese el corazón.

—¿Qué es eso, hija mía?—exclamó Midas—. ¿Qué te pasa, hoy que hace una mañana tan hermosa?

Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.

—¡Muy bonita!—exclamó su padre—. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que pueda hacerte llorar?

—Papá—respondió la chiquilla llorando a más y mejor—, no es bonita: es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan más cuando te las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les habrá pasado?

—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le dió vergüenza confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la niña—. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años, por una vulgar, que se deshoja en un día.

—No quiero rosas como ésta—dijo Clavellina tirándola despectivamente—. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me araña la nariz.

La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal.

Midas, entretanto, se había servido una taza de café, y, naturalmente, la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de oro.

Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después se solidificó, formando un terrón dorado.