—¡Ah!—exclamó Midas casi con horror.

—¿Qué te pasa, papá?—preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas en los ojos.

—¡Nada, niña, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfríe por completo.

Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y valiosa imitación.

—No comprendo—se dijo a sí mismo—cómo voy a arreglármelas para desayunar.

Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la fábula tenía costumbre de poner.

—¡Pues, señor, estoy divertido!—pensó recostándose en el respaldo del sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus sopas de leche con gran satisfacción—. ¡Un desayuno tan rico sobre la mesa y no poder probar ni un bocado!

Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía.

—¡Papá! ¡Papá!—exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa—. ¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua?

—¡Ay, hija mía!—murmuró Midas tristemente—. ¡No sé qué va a ser de tu pobre padre!