Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida? Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, está realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un régimen tan substancioso?
Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un panecillo caliente y una taza de café!
—¡Sería demasiado caro!—pensó Midas.
Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindísima Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada, mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña. Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que todo lo que había ganado con el Toque de Oro.
—¡Clavellina, hijita, preciosa mía!—exclamó.
Pero Clavellina no respondió.
¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a su propia hija en una estatua de oro...
Sí: una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última e interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—¡Vales más oro que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y la tierra.
Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa figurita con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de rosa.
Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas.