—¡Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: ¿qué tal te va con el Toque de Oro?

Midas movió la cabeza.

—Soy muy desgraciado—dijo.

—¿Muy desgraciado, de veras?—exclamó el desconocido—. ¿Y cómo es eso? ¿No he cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo lo que deseaba tu corazón?

—El oro no es todo en este mundo—respondió Midas—, y he perdido lo que mi corazón realmente quería más que nada.

—¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observó el desconocido—. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?

—¡Oh, bendita agua!—exclamó Midas—. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi seca garganta!

—¿El Toque de Oro—continuó el desconocido—o un pedazo de pan?

—Un pedazo de pan—respondió Midas—vale por todo el oro del mundo.

—¿El Toque de Oro—preguntó el desconocido—o tu hijita palpitante, viva, suave y cariñosa como hace una hora?